Las autoridades marroquíes han asegurado que siguen todas las pistas, incluidas las de Al Qaeda, en el atentado cometido este pasado Jueves en el celebre Café Argana, situado en la plaza de Jemaa el Fna, el corazón turístico de Marrakech. Aunque todavía es pronto para establecer una autoría, los indicios apuntan a sectores integristas claramente contrarios al proceso de reformas políticas que se ha iniciado en Marruecos.
La policía marroquí baraja la opción de que un terrorista suicida hubiera detonado el explosivo en el interior del café o de que un joven hubiera dejado una mochila dentro del local y lo hubiera abandonado antes de la explosión, lo que causó la muerte de 16 personas. Resulta más que evidente el intento de desestabilización de un país que hasta la fecha se presentaba como uno de los más seguros dentro del mundo árabe y destino turístico de primer orden.
Creo que lo primero que se impone es reestablecer la confianza en la industria turística, vital para la economía de Marruecos, aunque sin duda el impacto que esto ha supuesto en una ciudad como Marrakech ha sido brutal. De momento cualquier precaución es poca y ya el gobierno francés ha recomendado que se "extreme" la vigilancia si se viaja a Marruecos.
Las condenas internacionales ante tan bárbaro atentado han sido inmediatas por parte de la Unión Europea, la vecina Argelia y el principal movimiento islámico marroquí Justicia y Desarrollo, el cual ha emitido un comunicado en el que afirma que "condenamos este acto bárbaro sean quienes sean los responsables y reafirmamos nuestro rechazo a todas las formas de violencia".
No cabe duda que estamos ante un duro golpe asestado por aquellos grupos fundamentalistas que no quieren que nada cambie en el mundo árabe. Es el momento de combatir a estos grupos terroristas con dureza, detener a los culpables y condenarlos a la máxima pena existente. De la firmeza con la que actuemos dependerá que las reformas democráticas que se han iniciado puedan llegar a buen fin y sobre todo que Marruecos no se convierta en un polvorín que amenace la estabilidad de la zona.































