Abú Abd Allah Muammad ibn Ali (أبو عبد الله محمد ابن علي) fue el último rey nazarí de Granada y reinó solo durante 10 años hasta que rindió la ciudad ante los Reyes católicos. Era hijo del rey de Granada Abu-I-Hasan Ali (Muley-Hacén) y ascendió al trono tras una revuelta de la población granadina del Albayzín a causa de los elevados impuestos, para lo que obtuvo el respaldo de la familia granadina de los Abencerrajes (enfrentada a la de los Zegríes, que apoyaba a su padre). Al año siguiente, fue derrotado por tropas castellanas, capturado y preso en el Castillo de Lucena y el trono fue ocupado nuevamente por su padre.
En 1486, Boabdil aceptó gobernar Granada como vasallo de Castilla devolviéndole Fernando El Católico la libertad y restaurándole en el trono. Para ello, tuvo que firmar el humillante Pacto de Córdoba por el cual entrego parte del territorio granadino en poder de su padre.
Las guerras cruentas que tuvo que mantener contra su tío El Zagal favoreció el avance cristiano que acabó sitiando la ciudad en 1491. A pesar de la brava defensa que hicieron de la ciudad, los musulmanes capitularon ante los Reyes Católicos en lo que supuso el fin de la presencia árabe en Al–Andalus. Se permitió que Boabdil se retirase a la comarca almeriense de las Alpujarras, siendo recompensado con el señorío de estas tierras, pero más tarde se trasladó a Fez (Marruecos), hasta su muerte.
Según una leyenda española, nunca demostrada su veracidad, a la salida de Granada y nada más coronar una colina volvió la cabeza para ver por última vez su ciudad y lloró, oyendo como su madre Aixa le decía:
- “¡Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre!”
La historia siempre recordará a este rey como un cobarde, cuando en realidad su valor y su coraje eran cualidades innatas a el. Pese a que siempre se le ha atribuido un aspecto racial con piel y pelo morenos, es curiosa la descripción que de él hace el noble y politico granadino Don Julio Quesada- Cañaveral y que reproduzco literalmente:
“Boabdil era rubio, de mediana estatura, más bien alto y esbelto, de ojos claros de luz, tez pálida y semblante tranquilo. Su porte era majestuoso, y en los momentos más difíciles, demostró siempre su valeroso corazón y su arrogancia de raza. Fue bravo en las batallas, y aunque herido su cuerpo, como en la batalla de Loja, siempre conservó su dignidad de rey, su dignidad de raza y su dignidad de hombre de corazón, a pesar de tantas y tantas amarguras como tuvo que sufrir constantemente su espíritu y su voluntad”.
Si hay una ciudad que yo ame y que me subyugue, además de Córdoba ya que de allí es mi madre, esa es Granada. Son innumerables las veces que la he visitado y si hay un lugar al que no puedo dejar de ir siempre, ese es La Alhambra. Visitar sus jardines, sus salas y sus estancias me envuelve en un halo mágico que me hace recordar ese pasado glorioso que ya no volverá más. Todo allí es belleza, paz, sosiego y es una muestra de la grandiosidad de aquel reino que tanto ha aportado a la cultura andaluza sobre todo, pero también a la del resto de lo que se llama Al-Andalus.
Toda Granada es historia viva de una cultura que ha impregnado la forma de ser de sus habitantes y se ha fundido de tal manera que se ha convertido en algo propio. Pasear por el barrio del Albayzín al atardecer es un auténtico placer para los sentidos, transitar por esas callejuelas estrechas que hacen que te transportes a otras épocas y que convierten la visita a Granada en un placer para los sentidos. Estando allí me siento orgullosa de ser árabe y de poder sentir la belleza de una ciudad que se ha convertido en universal, crisol de culturas, de respeto y de tolerancia. ¡Hasta pronto Granada!